Yo soy yo, ¿pero quién soy yo?

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Realmente no sé hablar Francés, pero entiendo lo suficiente como para saber que este letrero lo llevo colgado a mí desde siempre: “Prohibida la entrada. Peligro de muerte.”. Es una advertencia hacia el mundo, pero ha sido una frase tatuada en mi inconsciente por muchos, muchos años y siempre ha tenido una doble vista. No sé bien desde cuándo, pero, tratando de hacer memoria, siempre me vi como una persona “reservada”. No sé para qué, francamente. “Reservada”. ¿Para algo mejor, para un mejor futuro, para otra vida? Reservada para nada.

“Prohibida la entrada.”, es decir, “no entre…, nadie”. Pero ¿”peligro de muerte”? ¿De quién? Acaso sólo la mía. Este no es un letrero común: es una lápida. Lo ha sido por siempre. He sido una muerta en vida, o una viva muerta… Un zombie. Quizá eso se apega más a mi ser. La vida me ha visto asomarme desde mi propia tumba, deambular sin claro rumbo, transitando, buscando de qué nutrirme. ¡Ojalá fueran sesos! Pero mi búsqueda es algo más etérea, indefinida… ¿Cómo se busca al propio ser desde una vida a medias? Ése ha sido el reto. No muy logrado hasta ahora, debo confesar.

Es una angustia desgarradora esta indefinición del ser, este no saber quién se es. Y no es que sufra de alguna enfermedad mental (mi psicoanalista les puede dar fe de ello), aparte de una clara neurosis que me ataca en muy diversas formas. (¡Bah! ¿Quién no es neurótico en estos tiempos?) Pero miro a los demás, a amigos y familiares, y parece que saben -y han sabido siempre- quiénes son, qué van a hacer, con quién y hasta cómo. Para mí la vida ha sido como un rompecabezas infinito o como un mueble para armar al que olvidaron ponerle en la caja el instructivo. ¡Y miren que yo siempre leo los instructivos!

Pero entiendo que la vida es así: no va con manual incluido. Lo sé, me queda claro. Aún así siempre he envidiado a esas personas que veo por ahí caminando, casi corriendo, con la misma determinación de un perro callejero, que siempre saben a donde van, diligentes como si fueran tarde a alguna cita. Yo soy un sabueso enfermo: olfateo aquí y allá, husmeo, doy vueltas en círculos infinitos, vuelvo a olfatear… Nada. Mi nariz no responde, mi brújula interna está averiada o carece de Norte. No lo sé…

Y la angustia se incrementa porque, claro, el tiempo es inclemente… En cada nueva búsqueda, parpadeo y han pasado décadas enteras. Sí, décadas. Verlo así me hace pensar cada vez más en cuántas me quedan por delante y si serán suficientes para conocerme, para reconocerme, para encontrarme. En qué momento podré por fin quitarme de encima esta lápida y decir “Estoy viva. Bienvenidos.”.

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